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Estimados Señores
y Señoras,

Una vez he tenido el privilegio de encontrarme de persona con Mons. Giussani
- muy brevemente en la oficina del Cardenal Secretario de Estado. Fue
evidentemente un encuentro muy limitado. Sin embargo, me parece de conocerlo
a través del movimiento Comunión y Liberación - o
mejor dicho a través de los miembros del movimiento en Asunción,
Paraguay, en Roma y ahora en la República Dominicana y Puerto Rico.
Justamente el Señor nos dice, "...reconocerán el árbol
por sus frutos" (Mt. 7,19).
Así la
invitación de participar en la presentación del Libro Los
Orígenes de la Pretensión Cristiana encontró tierra
fértil en un servidor, representante del Santo Padre. Con motivo
de los veinte años de reconocimiento pontificio de la Fraternidad,
el Papa quiso dar gracias a Dios por lo que Él ha s por lo que
Él ha obrado a través de la iniciativa de Mons. Giussani.
Los Orígenes de la Pretensión Cristiana se nos presenta
como el segundo de una Trilogía que pretende ser un Curso Básico
de Cristianismo. Este segundo Volumen supone el primero que trata del
factor religioso, el sentido religioso o la dimensión religiosa
de la existencia.
Huelga decir que a través de sus páginas se percibe el fruto
de muchos años de docencia sea en las Facultades de Teología,
sea en planteles de Enseñanza Media. El recurso a la explicación
filosófica y su expresión científica no falta en
los puntos principales.
Pero lo más atrayente, yo diría lo más valioso de
la obra, está en la reflexión personal que suponen los mil
detalles que aparecen en la presentación de argumentos más
o menos comunes a todos los autores que pretenden acercarnos a la solución
de una pregunta que para cualquier persona es ineludible "¿quién
es Cristo?" Cuando se barajan textos de la escritura que son de conocimiento
de todos, llama la atención la percepción de detalles, pequeños,
nimios, que se escapan a una lectura rápida y que por ello suponen
una prolongada y pacífica contemplación. Al exponer cómo
va surgiendo en los primeros testigos, y consolidándose, la percepción
de que se encuentran ante una personalidad excepcional, Mons. Giussani
distingue muy bien la diferencia entre los simples discípulos,
los celosos maestros de la Ley que se sienten suplantados y los "sencillos
y abiertos de espíritu" que conviven con el Maestro. La convivencia
prolongada es base para ir captando,
completando e interpretando detalles y signos que delatan la personalidad
del Maestro. La exposición de Mons. Giussani supone una convivencia
con Cristo, eso que llamamos oración cristiana. No se trata de
cosas aprendidas y expuestas en el aula; se trata de algo captado, aprendido
personalmente. Para responder a la pregunta de "Quién es Cristo"
hay que acercarse a El y convivir con El, verle y escucharle en las páginas
de la Escritura en actitud orante.
Hoy en medio del materialismo, tecnicismo y eso que llaman cienticismo,
hay exuberancia de manifestaciones del sentido religioso del ser humano.
Aunque se pretenda matar el tiempo con muchas ocupaciones, y distraer
el espíritu con el sinnúmero de ofertas consumistas que
prometen satisfacer todas las ansias del hombre, el vacío del alma,
y el ansia de algo que no da el mundo, brota por doquier. Y naturalmente
en los jóvenes. Por todas partes aparecen nuevas versiones del
fenómeno religioso; nuevos maestros, nuevos profetas, nuevas religiones
o pseudoreligiones, etc...
Y como estamos en un mundo y cultura globalizante, que busca una humanidad
donde todos puedan vivir en paz, respetando a todos y todo, corremos el
peligro de sacrificar en aras de una tolerancia laudable y de un ecumenismo
que hay que lograr, valores y verdades que no se pueden alterar.
En estos años recientes hemos visto cómo al acercarnos con
alma abierta a otras personas que con sinceridad buscan a Dios en otras
religiones, y valorar todo lo bueno que tienen, se ha caído en
confusionismo, e incluso en herejía.
En el documento Dominus Jesus, de la Congregación para la Fe, del
6 de agosto de 2000, se constataban desviaciones en la doctrina de la
Iglesia que atentaban a la fe. En aras de un entendimiento muy laudable
con los fieles de otras religiones se desvirtuaba el papel úNICO
que tiene Jesucristo como MEDIADOR UNIVERSAL. Se pretendía proponer
el Cristianismo como uno de tantos caminos para llegar a Dios, para no
herir susceptibilidades religiosas de los que practican otras religiones,
en donde Cristo, aun aureolado con títulos excepcionales, no pasa
de ser uno de tantos mediadores, se le desposeía de su puesto único
que le corresponde como HIJO DE DIOS-HOMBRE. Y si a Cristo se le desposee
de eso que tiene en prerrogativa, SU SER DIVINO, estaríamos en
condiciones similares a todas las religiones, y no faltarían algunos,
y con razón, que preferirían a un Gandhi o a un Luther King
que al Maestro de Nazaret. Gandhi hizo una revolución pacífica
que liberó a su pueblo del poder colonizador; Jesús no liberó
a Israel del poder romano. Pero... por muy legítimas que sean esas
liberaciones no llegan a la liberación radical que
exige la naturaleza humana. El ser humano exige paz total, el ser humano
requiere felicidad total, el ser humano clama por libertad absoluta, el
ser humano clama por inmortalidad, y esas cualidades son divinas y nadie
las puede dar que no sea Dios. En Jesús de Nazaret, Dios se hizo
hombre y el hombre se transformó en divino.
Esta es la "pretensión cristiana" que explica Luigi Giussani
en el presente libro. Es un libro muy actual. En la línea de la
doctrina de la Iglesia, y concretamente, en el documento antes citado,
Dominus Jesus, Mons. Giussani aprecia todo lo bueno que pueda darse en
otras religiones, abraza con sinceridad a los hermanos que viven dignamente
según sus creencias, pero trata de completar esas creencias con
el testimonio de la LIBERACIÓN que nos llegó en Cristo.
En El se colman todas las ansias que de un modo u otro se manifiestan
en el fenómeno religioso de todos los tiempos.
Como punto de arranque, en líneas con el pensamiento teológico
moderno, y a la luz del Vaticano II, parte del Acontecimiento Cristo,
verificable en el tiempo y que divide la historia humana en dos partes.
En primer lugar, el Cristianismo no es una ideología, no es una
ética para regir los actos de los hombres. No se trata de unas
enseñanzas maravillosas y muy conformes a la naturaleza humana.
Eso puede darse, y se da, en el Cristianismo, pero no es el Cristianismo.
No se trata de ningún gran maestro, ni de ningún gran Profeta
que nos viene a hablar en nombre de Dios. Ha habido muchos profetas, han
ocurrido muchos hechos prodigiosos. Mahoma habla de que es el último
profeta, que con él se terminaron ya las revelaciones. Pero...
eso es apropiarse más de lo debido. Todo profeta puede ser superado
por un profeta nuevo. Para que un profeta no pueda ser superado, ese profeta
tendría que ser la ENCARNACIÓN del mismo Dios. Y eso fue
una realidad en el Señor Jesús. Y aquí está
la PRETENSIÓN del Cristianismo.
En un momento de la historia, aconteció que la PALABRA DIVINA se
hizo hombre, y en esa Palabra por ser divina, infinita, se nos ha dicho
todo. No puede ser superada. Nos guste o no, nadie puede ser indiferente
ni sustraerse a eso que el Cristianismo anuncia. En Cristo, Dios se hizo
hombre, el hombre se transformó en Dios. El Cristianismo nace de
un HECHO, no de una ideología.
El problema ahora está en captar que ese Jesús de Nazaret
es realmente Dios. Y en el momento que se percibe ese hecho, la historia
humana cambia de orientación, la vida de cada hombre queda sublimizada
y con ello aparecen nuevos derechos y deberes, el hombre recibe unas dimensiones
nuevas, infinitas; el ser humano es una persona, y lo es desde el momento
de su concepción hasta su fin natural
(pp.99-102).
La Encarnación del Hijo de Dios es un hecho que ilumina todo, que
todo lo transforma. Si el Eterno se hace tiempo, nuestro tiempo, nuestra
vida de cada día se hace eterna. La Encarnación da un nuevo
sentido al tiempo, al trabajo, a la vida de familia... Estos elementos
son brevemente tratados en el presente libro, insinuados, pero que ya
nos preparan para nuevas reflexiones futuras.
El grueso del libro está en la exposición de la constatación
del HECHO acaecido hace 2000 años, el hecho de la Encarnación
del Verbo (pp. 47-98).
Algunos quisieran poner límites a Dios, y forjarse un Dios a su
medida. Pero esto va contra la racionalidad del ser humano. Los datos
son los que da la realidad. Hay que abrirse a la realidad. Cerrarse a
ella es autosuficiencia, soberbia. La historia está llena de "fariseos",
"maestros de la ley", °levitas" y "sencillos de
corazón". Nuestro autor describe diversas actitudes humanas
recurriendo a lo profundo del ser humano, tal como lo ve la filosofía
existencialista. Lo que queda claro es que la actitud que se tome ante
la realidad es clave; los prejuicios, fanatismos... no sirven de nada,
mejor dicho estorban.
Se han analizado durante siglos esos libros de un valor inigualable histórico
que son los Evangelios. Después de tantos estudios, hoy como nunca,
podemos disfrutar de lo que se nos ofrece en ellos. Naturalmente hay que
saber leerlos, y para ello acudir con ojos limpios, abiertos a lo que
ahí pueda aparecer, sin prejuicios. Mons. Giussani nos hace una
presentación sencilla, pero profunda de lo que son y de lo que
no son esos libros (pp.47-51). Nos va refiriendo las diversas actitudes
y reacciones ante cada palabra o gesto de Jesús en los diversos
tipos de personas que lo rodean. Pretende que captemos lo que los apóstoles
iban comprendiendo de cada gesto y lo que comprendían a medias.
Quiere que el lector, mejor dicho el contemplador, el orante que busca
la verdad de Dios y del hombre, esté en una actitud de no perder
ningún gesto, ningún detalle que poco a poco le vaya acercando
a la comprensión última de la realidad expresada por el
centurión romano "Realmente este era Hijo de Dios" (Mc
15,39). Eso es lo que Mons. Giussani, siguiendo a teólogos y escrituristas
competentes, ve en la la primera frase del Evangelio de San Marcos que
hace de prólogo y que nos orienta en la lectura del libro: "Comienzo
del Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios". Es como si dijera "yo
les voy a dar la gran noticia de que Jesús es el Hijo de Dios.
Lean y saquen la consecuencia".
Ya no me queda más que animarles a leer, meditar este libro con
paz, con el corazón abierto a la luz del Señor y con ansia
de penetrar
más en la figura de Cristo. Si la Iglesia tiene la pretensión
de encontrar en El la razón de toda existencia humana y del universo
entero, no nos queda más remedio que preguntarnos a nosotros mismos
"¿Quién es Jesús para mí?". La respuesta
me la enseñaron cuando me iniciaban en el catecismo; pero la respuesta
infantil, que ya era obra de la gracia en cada uno de nosotros, ha de
ser reemplazada por una respuesta madura, totalmente personal y que debe
ir creciendo con el correr de la vida. Con la contemplación de
los detalles que configuran la personalidad del Dios-Hombre, ha de crecer
en nosotros una fe más viva, más existencial. Creer en Jesús
como el Hijo de Dios, ha de llevarme a una mayor comprensión de
mi persona como hijo de Dios, de los hombres como mis hermanos, y del
mundo que me circunda como instrumento para realizar el plan de Dios sobre
mí. El desafío más grande que se presenta al Cristiano
de hoy es profundizar su fe.
Se pregunta porqué las sectas logran una entrada tan fácil
y extensiva en las tierras tradicionalmente "católicas"
del América Latina. Una respuesta parcial se encuentra en la superficialidad
de la preparación en la fe. ¡Hay que madurar y profundizar
el encuentro inicial con el Señor Jesús! Personalmente me
parece que eso sea un servicio que nos lleven los movimientos nuevos en
la Iglesia. El Santo Padre lo expresó así en su Carta a
Mons. Giussani: "La fuerza del Espíritu de Cristo no deja
nunca de superar, casi de romper, los esquemas y las formas sedimentadas
en ella durante su vida anterior, para urgir que nazcan nuevas formas
de expresión. Dicha urgencia es señal de la vivaz misión
de la Iglesia, en la cual aparece el rostro de Cristo con los rasgos propios
de los rostros de los hombres de todos los tiempos y lugares de la historia"
(11.11.2002).
Que el presente libro nos ilumine un poco más

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