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1.
El valor de la experiencia.
El gran escritor C.S. Lewis había dicho “No hay
aprendizaje que supere a la experiencia”. Y al relatar los acontecimientos
que tuvo que vivir tras la muerte de su esposa, afirmaba que comenzó
a tener una sensación odiosa cuando se vio a sí mismo diciendo
frases como éstas: “a ella le hubiera gustado de esta forma”,
“seguramente que ella lo hubiera hecho de este modo”. Justo
en ese momento reconoció que él no estaba enamorado de las
ideas que tenía sobre su esposa, sino que estaba enamorado de ella.
Parece que esta dinámica descrita por Lewis hoy no goza de gran
popularidad. Nos negamos a vivir lo real y preferimos encerrarnos en nuestras
propias idealizaciones. Tan sólo por citar dos ejemplos haré
referencia a la experiencia del estudio y a la del trabajo.
Es curioso mirar cómo los estudiantes ingresan en la universidad
llenos de ilusiones, entusiasmo y empuje, tienen ganas de vivir la universidad,
sin embargo al irse topando con las dificultades del camino su energía
inicial se convierte en un deseo desesperado por graduarse.
El mismo fenómeno se repite ampliamente en la experiencia laboral:
cuando no tenemos empleo, nos sentimos incómodos e inquietos buscamos
uno, pero cuando lo tenemos, esperamos ansiosamente que llegue el fin
de semana o las vacaciones para no trabajar más.
Este fugarnos de la realidad pone en evidencia el hecho de que frente
al estudio o al trabajo, o frente a la vida en general, no tenemos una
hipótesis explicativa total, es decir, nos hacen falta los motivos,
las razones que nos hagan capaces de enfrentar la realidad tal como ella
es, de aceptarla sin quitarle ni añadirle nada. Por el contrario,
somos expertos en dar explicaciones, es más, tenemos al alcance
de la mano teorías que justifiquen nuestras fugas.
Al final, quedamos justificados frente a los demás, pero viviendo
la vida sin gusto. Albert Camus lo había dicho estupendamente en
su obra teatral “Calígula”: “los hombres mueren
y no son felices”.
No son los problemas los que le quitan el gusto a la vida, sino la falta
de razones para enfrentarlos. Siendo que la vida humana no es perfecta,
ni funciona como un mecanismo automático y sin errores, el sacrificio
y la contradicción son parte normal de la vida. Y frente a esta
situación podemos asumir tres posturas: pensar que no hay otro
modo posible de vivir y entonces pasar la vida soportándola y cargando
con el gran peso que eso significa; también podemos vivir anestesiándonos
con mil pensamientos y actividades que no obstante su apariencia sirven
para distraernos, o bien podemos ponernos de frente a nuestra condición
y buscar su sentido, tratando de encontrarle su por qué y de amarlo.
Sólo vivir lo real nos puede hacer encontrar y poseer el significado
de la vida. Y cuando esto ocurre, entonces lo tenemos todo, no tenemos
que renegar de nada. Y la vida se vuelve más intensa, interesante
y atractiva para vivir. La vida se vuelve nuestra.
2.
Por qué ser cristiano 2000 años después
La realidad es una provocación constante y frente a ella
no podemos quedarnos sin una explicación. Ésta podemos sacarla
de la experiencia o bien de nuestras idealizaciones, que normalmente reducimos
a normas personalistas, porque ahí estamos a salvo de los demás.
Esto se nos puso claramente de manifiesto cuando estábamos realizando
la promoción de este encuentro. En un programa de televisión
nos lanzaron la siguiente pregunta: ¿cómo se debe vivir
el cristianismo, en una religión o dentro de una relación
personal con Dios?
Les cuento otro ejemplo: una de mis hermanas daba clases en un instituto
parroquial de catequesis al que asistían muchísimas personas.
Cuando ella llegaba cada jueves a su aula encontraba escrita en el pizarrón
la siguiente frase: “Cristo es la respuesta”. Así sucedió
cada jueves durante casi un año, hasta que un día apareció
debajo de esa frase, ésta otra: “¿y cuál es
la pregunta?”. ¿Saben qué sucedió? Nunca más
volvió a aparecer la frase: “Cristo es la respuesta”.
Y es que no hay nada más absurdo que una respuesta que se da ante
ninguna pregunta.
Dostoievski dijo una vez: si de este lado tuviera a Cristo, y de este
otro tuviera a la verdad, yo preferiría a Cristo. Ahora bien, nosotros
no seguimos a Cristo porque nos parece bello, lo seguimos porque la verdad
y Él coinciden. No se trata solamente de afirmar o declarar a Cristo
hablando de él, el meollo de la cuestión está en
vivir una relación real con él, objetivamente experimentable,
capaz de introducir un gusto por la vida sin que tengamos que renegar
de nada.
Que Cristo se haya proclamado “el Camino, la Verdad y la Vida”,
no puede dejar a nadie indiferente. Esta es la gran pretensión
de Cristo y que está puesta para ser verificada, está puesta
como una hipótesis que debe ser adecuadamente enfrentada y confrontada
continuamente con nuestra propia experiencia.
Así comprendemos mejor cuando Giussani afirma que lograr esta experiencia
físicamente experimentable de Cristo, que es el sentido y el centro
del cosmos y de la historia es la tarea más decisiva de todas.
No hay nada más tremendo que aquello que decía Nietzche:
“es cierto que hay una meta, pero no hay un camino para llegar a
ella”. Nosotros afirmamos, por que lo hemos experimentado, que efectivamente
hay una meta y también que existe el camino que conduce a ella.
Este camino es Cristo, experimentable dentro de la comunidad de aquellos
que le siguen y que se llama Iglesia.
Muchas gracias. |
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